Maxim Repetto
Ni las nubes del cielo de San Cristóbal de las Casas pueden ver los adoquines en el suelo tan brillantes, como los ven mis ojos a través de tus ojos.
Aquellos dos luceros negros encendidos no están para observar las huellas de las hormigas entre la estructura de paralelepípedos coloniales dejados por la guerra mas larga de la historia, de masde 500 años, como recuerda la radio de la libertad, entre los cerros y sierras, en los altos de Chiapas.
En el taxi, los corridos Zapatistas nos recuerdan las masacres, las luchas, la intolerancia de un continente indígena invadido por la codicia y la impunidad.
Tus oídos, al escuchar estas músicas, me invitarían a danzar a pleno sol de media tarde, sudando y llorando nuestros muertos que con su sangre violentada pegaron los adoquines al suelo. Serian cumbias, danzones, corridos, arrastrando los pies, saltando y abrazándonos.
Pues yo veré a través de tus hermosos ojos y, al leer mi carta, tu veras a través de mis tristes ojos.
Hasta el populacho Reginaldo Rosi, de Brasil, cantado en español, me recordaba lo lejos que estaba y que no te tengo.
Pero el recuerdo de tus ojos almendrados y negros se expandía al absorber la luz reflejada por las iglesias y calles coloniales.
Como tu pelo negro acompañando las banderas y guirnaldas de las últimas fiestas patronales, en los barrios Mayas de San Cristóbal de las Casas.
Quería ser la sombra en los pliegues de tus párpados o rimel apelotonado en las pestañas de tus ojos, sudor Zapatista corriendo por tus lagrimales.
Quería ser fuerte sin perder la ternura.
Quería ser bala que mata la nostalgia.
O entonces la cumbia que asalta tus piernas y brazos, o el pañuelo que cubre tu rostro, tu pasamontañas.
Podría ser la sandalia que protege tus pies insurgentes que suben la montaña.
O el huipil colorido y bordado a mano, tejido en los telares de las arañas mitológicas que protegen tus espaldas de los disparos y las traiciones.
Me cegarían los destellos de las balaceras y me cortarían como a los hijos de Acteal, dentro del vientre de mis madres, incluso antes de nacer.
No tendrías porque ver esto, ni llorar al ver las fotos de las mujeres y los hombres ametrallados, o los bebes mutilados, en Acteal.
Se ven en el campo los rastros de la traición y de las fuerzas paramilitares, la acción del mal gobierno, que amordaza la vida, como los campesinos a los carneros. Por eso las Abejas vuelan, entre la montaña y la selva, haciendo carbón del monte y cenizas sus recuerdos.
Pero mis ojos no escogen. Quería ver solo las lindas montañas, las flores, las mariposas tigradas.
Pero veo el sudor del trabajo, la sangre regada en los campos, muchas casas y sembrados e iglesias en la punta de los cerros, en los valles y desfiladeros.
Siento el frió de la montaña abrazándome hasta la muerte, nuestra propia muerte insana. El color de la lucha de la resistencia está en los murales de las cooperativas, en Oventic, y nuestro rostro es el de un Caracol, que lento y seguro, resistente e imparable, avanza construyendo futuro, en espiral, al ritmo del universo, sonando su llamado milenar por sobre el eco de las montañas, invitando, convocando. Nuestro rostro es la virgen de Guadalupe, con las manos resando y, como buena madre, con su pañuelo zapatista cubriendo el rostro por verguenza de lo que sus hijos les hacen a sus hermanos. Luego un corrido nos muestra la historia de Emiliano Zapata: tierra y libertad para el que trabaja!
En tierra de mujeres dulces y hombres valientes, es necesario aprender a ser humilde y consecuente. Hay que aprender a no llorar por cualquier recuerdo infame y a amar aunque no tengamos amor.
Perderé la vista y tus ojos cegaran algún día, mientras el glaucoma profundo que destruye mis tejidos te llevará al olvido, ese lugar recóndito y profundo del que nunca saldremos.
Quisiera ser piedra, pirámide, espíritus, campos verdes, nubes suaves. Veo lo que ya vistes, ya vistes lo que no observo.
Y antes de perderme en las curvas de lo alto de la montaña, entrando a la Sierra Madre Guatemalteca, veo tu cuerpo sobre el mío ... veo mi cuerpo debajo de la tierra, acribillado y mutilado, y tus sonrisas se confunden con el llanto, los corridos y las marimbas, al doblar la última curva envuelta en la neblina Zapatista.
Aquellos dos luceros negros encendidos no están para observar las huellas de las hormigas entre la estructura de paralelepípedos coloniales dejados por la guerra mas larga de la historia, de masde 500 años, como recuerda la radio de la libertad, entre los cerros y sierras, en los altos de Chiapas.
En el taxi, los corridos Zapatistas nos recuerdan las masacres, las luchas, la intolerancia de un continente indígena invadido por la codicia y la impunidad.
Tus oídos, al escuchar estas músicas, me invitarían a danzar a pleno sol de media tarde, sudando y llorando nuestros muertos que con su sangre violentada pegaron los adoquines al suelo. Serian cumbias, danzones, corridos, arrastrando los pies, saltando y abrazándonos.
Pues yo veré a través de tus hermosos ojos y, al leer mi carta, tu veras a través de mis tristes ojos.
Hasta el populacho Reginaldo Rosi, de Brasil, cantado en español, me recordaba lo lejos que estaba y que no te tengo.
Pero el recuerdo de tus ojos almendrados y negros se expandía al absorber la luz reflejada por las iglesias y calles coloniales.
Como tu pelo negro acompañando las banderas y guirnaldas de las últimas fiestas patronales, en los barrios Mayas de San Cristóbal de las Casas.
Quería ser la sombra en los pliegues de tus párpados o rimel apelotonado en las pestañas de tus ojos, sudor Zapatista corriendo por tus lagrimales.
Quería ser fuerte sin perder la ternura.
Quería ser bala que mata la nostalgia.
O entonces la cumbia que asalta tus piernas y brazos, o el pañuelo que cubre tu rostro, tu pasamontañas.
Podría ser la sandalia que protege tus pies insurgentes que suben la montaña.
O el huipil colorido y bordado a mano, tejido en los telares de las arañas mitológicas que protegen tus espaldas de los disparos y las traiciones.
Me cegarían los destellos de las balaceras y me cortarían como a los hijos de Acteal, dentro del vientre de mis madres, incluso antes de nacer.
No tendrías porque ver esto, ni llorar al ver las fotos de las mujeres y los hombres ametrallados, o los bebes mutilados, en Acteal.
Se ven en el campo los rastros de la traición y de las fuerzas paramilitares, la acción del mal gobierno, que amordaza la vida, como los campesinos a los carneros. Por eso las Abejas vuelan, entre la montaña y la selva, haciendo carbón del monte y cenizas sus recuerdos.
Pero mis ojos no escogen. Quería ver solo las lindas montañas, las flores, las mariposas tigradas.
Pero veo el sudor del trabajo, la sangre regada en los campos, muchas casas y sembrados e iglesias en la punta de los cerros, en los valles y desfiladeros.
Siento el frió de la montaña abrazándome hasta la muerte, nuestra propia muerte insana. El color de la lucha de la resistencia está en los murales de las cooperativas, en Oventic, y nuestro rostro es el de un Caracol, que lento y seguro, resistente e imparable, avanza construyendo futuro, en espiral, al ritmo del universo, sonando su llamado milenar por sobre el eco de las montañas, invitando, convocando. Nuestro rostro es la virgen de Guadalupe, con las manos resando y, como buena madre, con su pañuelo zapatista cubriendo el rostro por verguenza de lo que sus hijos les hacen a sus hermanos. Luego un corrido nos muestra la historia de Emiliano Zapata: tierra y libertad para el que trabaja!
En tierra de mujeres dulces y hombres valientes, es necesario aprender a ser humilde y consecuente. Hay que aprender a no llorar por cualquier recuerdo infame y a amar aunque no tengamos amor.
Perderé la vista y tus ojos cegaran algún día, mientras el glaucoma profundo que destruye mis tejidos te llevará al olvido, ese lugar recóndito y profundo del que nunca saldremos.
Quisiera ser piedra, pirámide, espíritus, campos verdes, nubes suaves. Veo lo que ya vistes, ya vistes lo que no observo.
Y antes de perderme en las curvas de lo alto de la montaña, entrando a la Sierra Madre Guatemalteca, veo tu cuerpo sobre el mío ... veo mi cuerpo debajo de la tierra, acribillado y mutilado, y tus sonrisas se confunden con el llanto, los corridos y las marimbas, al doblar la última curva envuelta en la neblina Zapatista.
