terça-feira, 4 de agosto de 2009

La Papa en la Cazuela

Maxim Repetto

No es cualquier papa, es la papa en la cazuela!

Papas en cocidos o en caldos no tienen el mismo sabor. Yo que ya me hice hombre papa, apenas alimentándome de tubérculos y cocido y molido me hice papilla de niños sin dientes, de ancianos que lo único que les quedaba en la boca era la lengua, de enfermos y convalecientes en los sanatorios de nuestro continente. Y aunque la papa latino americana no sea una, sino mil: rojas, moradas, blancas, amarillas, verdes, cafés, chicas, grandes, sureñas, nortinas, chilotas, andinas, amazónicas, costeñas, serranas, pantaneras, selváticas, dulces, saladas, amargas, venenosas, híbridas, genéticamente modificadas y hasta degradadas hoy por transgénicos y por la Montsanto, la papa es hija legítima de la Pacha Mama.

Papas putrefactas cocinadas al vapor como quesos Rockefort, negras y enmohecidas, sabrosas y delicadas.

Pues fue en Ciudad de México, en El Chileno de Colonia del Valle, que descubrí que la papa en la cazuela chilena no es lo mismo que una mosca en la sopa brasileña. Que los porotos verdes, que el choclo, el zapallo, el cilantro, la cebolla, el arroz, la carne o el pollo, la sal y el agua, se combinan y le dan ese sabor especial, que solo mi abuela Maria conseguía, como las pantrucas en Recoleta y el pastel de choclo en Ñuñoa.

Me creía hombre, después de haber vivido mas de una década en las selvas y sabanas sudamericanas, después de haber caminado con mi machete el continente tierra adentro, después de cazar fieras salvajes en los montes y pescado Pirarucus gigantes enfrentando a las terribles Piranhas en el lavrado del Maruwai, en Roraima.

Pero cuando la cuchara me trajo los recuerdos a mi boca, lloré como un niño con hambre mientras le calientan su puré, sus colados y su sopa. Lágrimas que, como la leche, disuelven las papas cocidas debajo del tenedor.

Cucharada tras cucharada hice de vuelta el camino hasta la cocina de mi madre, que también se llama Maria, en Maipú.

Desde la calle los tacos con guacamole y chile mexicano me miraban perplejos, las papas duquesas con altanería, las papas a la francesa, con desprecio, las papas con queso, con envidia. Y las papas cocidas, pobrecitas, sabían que solo el agua no les daba esas propiedades que la papa en la cazuela tenía.

La carne estaba impregnada en los poros de la papa, mientras los porotos verdes colgados en la cuchara, eran como piratas al asalto de un buque fantasma, en el caribe de mi boca, mientras mis dientes se enfrentaban a los granos amarillos de los marineros arrancados de la coronta, que de cuero grueso y almidonados, se infiltraban hasta el fondo de mi guata.

Suave y delicada la papa de la cazuela se impregnaba en las encías, se metía entre los dientes, se sumergía debajo de la lengua, mientras mis lágrimas le ponían mas sabor a la cazuela, cuando cerraba los ojos para comparar el movimiento en el plato con las olas en el Pacífico sur de mi Viña del Mar mirada desde los cerros.

El ají picante mierda, multiplica el sudor en la mesa y el vino tinto divide las fibras de la carne, deshaciéndolas en la boca blasfema.

La lengua, que como cámara mortuoria para la papa mordida, era su tumba y su cajón, me recordaba lo que era estar vivo, mientras seguía llorando desconsolado, viendo que el caldo se secaba y en este mar de nostalgias, quedaban apenas tres barcos naufragados en un dique seco: la carne, el zapallo y la papa.

Los porotos verdes y los choclos que sobraban, como peces moribundos saltaban para dentro de la cuchara, en un último desespero, comprendían ahora lo que es estar donde las papas queman.

Y cuando puse la última cucharada en la boca, y el ají picó por última vez y bebí el postrero tinto litreado, tragando lentamente y levantando la manzana de mi garganta ... glup!, supe que no hay otra papa como en la cazuela, como no hay otra abuela o otra madre, esa que nos quiere y nos espera, hasta que podamos nuevamente estar frente un plato hondo y humeante, con una gran papa cocida en el medio del cariño y del amor materno.

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